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1. ANTECEDENTES 1800 – 1850
La Desamortización.
Esta estampa, donde buena parte de la burguesía rural – herederos hacendados, alcaldes- iban a pagar los censos y otros tratos al monasterio –generación tras generación- desaparece a principios del siglo XIX, con las diferentes desamortizaciones de los bienes monásticos y del clero. La primera fue llevada a cabo por el ministro librecambista formado en Inglaterra y de ascendencia judía, Juan Álvarez Mendizábal, auténtico diablo para los ciudadanos católicos y conservadores.
A la Sala Capitular del Monasterio de Santa María de Poblet, el padre ecónomo en presencia del Abad, asienta los cobros. Bien entrado el siglo, ya desde 1835, desaparece este señorío jurisdiccional y vasallaje y, mediante la subasta pública del estado, la burguesía y los payeses con cierto poder adquisitivo, compran la tierra. Este acceso a un mayor control de la tierra de cultivo por parte de la sociedad civil es el inicio de la lenta y conflictiva modernización del país, aunque a lo largo del siglo, seguirán las quemas de conventos y las matanzas de frailes. Desde este momento, prevaldrán las chimeneas industriales por encima de los campanarios y de las iglesias.
Las Sociedades Económicas de Amigos del País.
La niña Isabel II aguantada por caminadores por la Reina Regente María Cristina, tiene en sus manitas un cetro enorme y pesado estirado, de un lado por el sector más conservador del país y del otro, con unas gruesas sogas, por los más liberales, afrancesados y masones. Esta situación es causa y origen de la mayoría de peleas y guerras civiles del siglo XIX. Barcelona, cerrada en sus murallas, empieza a despertar mientras la payesía entra y sale, alimentándola con sus mercaderías y sus no herederos “cabalers”. Mariano José de Larra escribe: “Búsquese la burguesía, la clase media, la industria y el comercio en Barcelona o Cádiz, y no en Madrid, donde solo hay clases muy altas o muy bajas”. El 14 de mayo de 1834 se promulga un real Decreto para promover las “Sociedades Económicas de Amigos del País”, a pesar de que ya existen en Cataluña desde 1777. De estas sociedades y de la Junta de Comercio barcelonesa, surgió la idea de la necesaria creación de unos institutos que desarrollaran las actividades productivas. El 1848 se fundó el INSTITUTO INDUSTRIAL DE CATALUÑA, y al año siguiente en París el INSTITUT AGRONOMIQUE, “Il veut étudier soigneusement et à fond les questions qui se rattachent à la culture de la terre et à l’economie du bétail“. Ramon de Casanova hizo el estudio posibilista de un instituto al servicio del campo, con estas características, idea que comparte con Joaquim Desvalls i Sarriera, el Conde de Fonollar e Isidoro Angulo. Se hacen diferentes reuniones en la Diputación de Barcelona y se crea una comisión encargada del estudio de las características que debería tener y también se redactaron unos estudios.
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